El que trata de escribir el mundo con trazo limpio y rastrilla la hoja con pulcritud de jardinero, el que borra las convenciones y las reescribe sin solicitar el permiso ajeno, el que en sus representaciones desnuda el mundo de sus accidentes, este infeliz digo, que requiere de una palabra fuerte y llegada de fuera como el recién nacido que emite vagidos ciegos de la palabra de su padre, no encuentra más que un resultado geométrico, de líneas, formas y colores y una materialidad viscosa, en profusión protoplasmática, una sopa originaria, incognoscible y final. Pero ocurre que por una agrupación grumosa que tiende a una repetición siempre distinta la materia aparece dispuesta en estructuras figurativas como las limaduras de hierro en torno a un campo magnético.
viernes, 25 de enero de 2008
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