Con el inicio de la segunda temporada, surge con fuerza otro candidato de enorme estatura: el nigeriano Eko. La carta de presentación de este personaje es el magnífico capítulo "El salmo 23" que realiza un somero y poético recorrido por su vida (quizá el acabado excesivo del capítulo sea lo único que pueda objetársele). El desarrollo lineal del pasado de Eko empieza cuando una guerrilla paraliza la vida despreocupada de un poblado, arrodillan al cura de la iglesia y obligan al miembro más joven de la aldea a disparar contra el más viejo en una ceremonia iniciática perversa aunque inseparable de la naturaleza humana, matar al padre. El hermano mayor de ese crío, en un gesto protector que anuncia la cruz que lleva sobre su pecho, empuña por él la pistola y ejecuta al anciano. Significativamente, el guerrillero le arranca la cadena con la cruz puesto que con su acto no sólo se ha condenado sino que ha rechazado al Padre. En el siguiente fragmento, se nos presenta a un Eko ya maduro dedicado al tráfico de drogas, desprovisto de alma, según se nos dice, que ejecuta a otros dos traficantes pero se contiene en cambio ante un muchacho que lo presencia. Habiéndose agenciado de un alijo de heroína, Eko acude a su hermano, el crío que años atrás recogiera la cruz caida en la tierra y que ahora se nos aparece investido de sacerdote, para que le sirva de tapadera para sacar el alijo del país. Como éste se niega no le queda más remedio que hacerse ordenar sacerdote lo que le devuelve simbólicamente la función tutelar que había perdido. Los falsos hábitos de Eko deben relacionarse con las estatuillas de la Virgen que esconden el alijo y con el bastón de Eko grabado con inscripciones y con una mancha de sangre.Un bastón de mando que no sólo remite a la brutalidad tribal del nigeriano sino también a la vacilación de su palabra juramentada porque en su superficie que como en un palimpsesto sobreescribe una y otra vez se confunden los grabados de pasajes del salmo 23 con la inscripción de palabras llenas de odio. El capítulo trata entonces de la condición equívoca de lo sagrado, del vacilante tartamudeo con el que se pronuncia la palabra juramentada, porque el bien y el mal no están tan distantes como pueda parecer, según dice el propio Eko. Lo único cierto es la sucesión de unos ciclos de poder, la vertiginosa aparición de un presunto líder, de una potestad paterna y la constante amenaza que pende sobre el que de manera inminente caerá derribado por otra nueva figura que se erguirá poderosa aunque todas las certezas estén corroídas de antemano como el cuerpo del falso padre que Eko encuentra en la avioneta, corrompido e irreconocible. Nos queda la duda de por cuánto tiempo logrará Eko imponer su mando y voluntad, contener cercada a la bestia que le acosa que no le viene sino de dentro, del hórrido tumulto sin nombre que borbotea en las entrañas del que como él conoce la contingencia que, sin criterio ni razón, levanta a unos y hunde a otros en lo indiferenciado del acontecer. Por cuánto tiempo sobrevivirá Eko al destino contenido en su nombre, que es el de terminar por saberse simulacro de Voz, reminiscencia de algo cuyo Nombre desapareció sin dejar más rastro que un temblequeo agónico pronto a extinguirse.

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